ANREUSA


Asociación Nacional de Residentes Españoles en USA

RAICES HISPANICAS DE ESTADOS UNIDOS


Denuncia, afirmación, justicia


  Por Carlos B. Vega, Ph.D

 

Breve ensayo basado en el libro: OUR HISPANIC ROOTS: What History Failed To Tell Us, 2ª.ed, de Carlos B. Vega, Janaway Publishing, Inc., Septiembre, 2013.  

El ensayo se dividirá en cinco partes, a una para cada número o edición.

 

Primera Parte.


A modo de introducción.


Las palabras huelgan. Los hechos verdaderos. La verdad se impone, sin mordazas, honesta, dura, implacable. No queda otro camino. Si los demás han preferido callar que se atengan a las consecuencias como nos atenemos nosotros a las nuestras por decir la verdad. A la larga se verá quién gana o pierde.

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Si bien se ha hablado y escrito bastante acerca de la aportación hispánica a la historia de Estados Unidos, han sido más bien palabras que se ha llevado el viento y que aún no han calado en las conciencias de la inmensa mayoría de la gente. Triste realidad que debe combatirse en todos los frentes por ser una injusticia histórica cruel y sin precedentes. Por otro lado, brillan hoy Inglaterra, Francia, Holanda y hasta Alemania naciones que, si es cierto que en parte contribuyeron a la historia de Norteamérica, no pueden ni deben compararse jamás con la enorme empresa civilizadora de España y del Mundo Hispánico en general. Baste decir que fue España, ella sola, por aquellos años pequeña y empobrecida, recién constituida en nación y totalmente exhausta por una reconquista que le llevó casi ocho siglos llevar a cabo, la que marcó la ruta de dos inmensos océanos hasta entonces desconocidos: el Atlántico y el Pacífico, y la primera y tercera que le dio la vuelta al mundo pues la del pirata Francis Drake, tenida como la segunda, fue un chiripazo mientras se escabullía de la flota española que buscaba apresarlo por sus múltiples robos y crímenes. Fue España, además, la que descubrió y exploró el golfo de México y el mar Caribe y la que abrió las puertas de par en par a toda Asia incluyendo China y Japón, empresa en la que echó el alma por más de dos siglos a pesar de llevar sobre sus hombros la enorme carga de las dos Américas. Todo esto, sin contar su empresa norteamericana y no digamos suramericana, se lo tragó la historia o tergiversó los hechos basándose en la infausta y mayormente inmerecida Leyenda Negra maquinada por Inglaterra con la anuencia y complicidad de otras naciones europeas. La historia debe ser ante todo justa y objetiva, dar donde hay que dar y quitar donde hay que quitar pero, en el caso de España y el Mundo Hispánico, no se ha hecho más que quitar sin dar nada, enterrándolo todo por más de 500 años en las tétricas, profundas y solitarias catacumbas de los anales históricos.


¿Cómo ha sido esto posible y cómo se ha permitido que perdurase por tan largo tiempo, o es que la historia, toda ella, no ha sido sino un mito? Ninguna nación, de la Antigüedad hasta los tiempos modernos, ha sido objeto de semejante injuria. Y, así, ha llegado el momento de hacer relucir la verdad, de cantarla a los cuatro vientos por mucho que espante o duela. Cierto es que ya lo intentaron anteriormente ilustres eruditos españoles, ingleses, norteamericanos y hasta mexicanos, pero fue un esfuerzo en vano y nuevamente ignorado por la llamada historia convencional, la que se enseña, por ejemplo, en los textos escolares. En fin, que la verdad es conocida, pero que se calla por temor a destronar a los reyes falsos, a los que han pretendido realidades inexistentes y que se jactan hoy de logros totalmente inmerecidos. Inglaterra y otras naciones europeas persiguieron a España como lo hace la hiena al león, a la caza de lo que va sobrando o arrebatando la presa mediante el descuido o de la oscuridad de la noche. Piratas, mercenarios, expatriados y oportunistas que no añoraban honra o gloria, sueños de grandeza, acercarse a Dios para salvar sus almas, sino lo pragmático, banal y mundano. No fueron ellos ni mucho menos los que crearon a Norteamérica y, si algo hicieron, fue al cabo de muchos años y por una generación ya puramente americana y desligada de sus raíces patrias. Media una enorme diferencia entre el inglés del Mayflower y el noble, soñador y altruista patriota norteamericano del siglo XVIII, de un Washington o Jefferson. ¿Y del español qué, de un Cortés o Pizarro? Como bien decía Bernal Díaz del Castillo en su “Historia verdadera de la conquista de México”: hombres éramos y como tales cometimos desmanes e imprudencias, pero nuestro verdadero afán era propagar la fe y adquirir honra y gloria como españoles y cristianos. De igual sentir era Isabel la Católica pero su voz se ahogaba mediando el inmenso mar, y el de los beneméritos frailes y misioneros que más hicieron por Norteamérica que muchos de los llamados pioneros como los padres Serra y Kino. Igual diferencia existe entre un Carlos V y su hijo Felipe II y la reina Isabel I de Inglaterra y no digamos del rey George III. La empresa de España y del Mundo Hispánico fue magnánima y civilizadora, la de crear pueblos, gentes y conciencias. La de los otros simplemente establecer colonias para  explotarlas vilmente.


¿Y en cuanto al oro americano qué, quién le sacó mayor ventaja y provecho? En resumidas cuentas fue Europa la que al final se enriqueció, sobre todo Inglaterra, y España la que quedó en la miseria bien porque esos tesoros le fueron robados, por haber ido a parar a las arcas europeas o al fondo del mar. Según se ha demostrado, son incalculables los tesoros que yacen hoy en el fondo del mar como los rescatados del galeón Atocha por el norteamericano Fisher, valorados hoy en más de un billón de dólares. ¿Y en cuanto a la esclavitud del negro africano, quién fue el mayor culpable y el que más se aprovechó de tan ignominiosa trata? Ciertamente que España abusó del esclavo negro desoyendo los decretos reales, pero el que lo cazaba y con él negociaba como simple mercancía eran el portugués, inglés y holandés y no solo en América sino en todo el mundo. Véase lo que al respecto dicen muy clara y convincentemente el alemán Humboldt y el español Madariaga.

¿Y de la Inquisición que tanto ha mancillado el nombre de España? En primera, no fue España la que la creó sino el Papa Gregorio IX en el siglo 13 contra la secta herética de los Albigenses. Veamos, además, estas cifras que nos asombrarán:


Con todo lo que se ha dicho sobre la Inquisición española, queda ensombrecida por los excesos de los tribunales ingleses de los siglos XVI y XVII. Primeramente, las ejecuciones por herejía de la Inquisición española fueron menos de un 1% de los casos juzgados, mientras que las de Inglaterra por hechicería sobrepasaron el 19% de todos los casos juzgados, aumentando al 41% durante los primeros años del reinado de Jaime I. Y las ejecuciones de brujas en Europa sumaron sobre 300.000, de las que al menos 200.000 fueron en Alemania y más de 8.000 en Escocia entre 1560 y 1600 y en Inglaterra sobre 70.000. En comparación, la Inquisición española ejecutó en América 100 herejes mientras que la inglesa solo en Norteamérica  3.839. ¿Y cómo torturaban los ingleses a sus víctimas? Valiéndose del  horrendo instrumento llamado “bootkins”, consistente en una bota pequeña que colocaban entre el tobillo y la rodilla golpeándola después con un martillo causando insospechable dolor. Sin embargo, en el caso de Inglaterra, se pasó por alto, pero no en el de España que continúa latente hasta nuestros días. ¿Puede llamárselo a esto justicia? Y España callada, y el mundo hispánico todo él callado también, soportando golpetazos sin osar defenderse.



Segunda Parte.


Y ahora anda muy en boga arremeter contra Cristóbal Colón tildándolo de inhumano y asesino, argumentando que no fue el legítimo descubridor de América sino los vikingos y mucho antes los chinos, y que su llegada a América fue uno de los grandes males que ha azotado a la humanidad. Y no han cejado por cinco siglos de lanzar dardos emponzoñados a Cortés, Pizarro y a todo español que cruzó el Atlántico durante esa época. ¿Y qué hicieron ellos en América? En la del sur arrasar y saquear pueblos, y en la del norte subyugarla y explotarla por tres siglos hasta exasperar al pueblo y forzar su rebeldía. ¿Cómo hubiera reaccionado Inglaterra si hubiera tenido que confrontar de frente a las grandes y poderosas civilizaciones azteca e inca, o al descubrir los inmensos tesoros de oro y planta que yacían en sus minas? ¿Cuál hubiera sido la política americana de la despiadada y cínica reina Isabel I de Inglaterra y el proceder de los infames piratas Drake, Morgan y Hawkins? ¿Qué hicieron todos ellos con los indígenas de Norteamérica y posteriormente con el negro sino fue esclavizarlos y chuparles las entrañas hasta muy entrado el siglo XIX cuando ya España los había emancipado? Pero el mundo entero hizo caso omiso de tales barbaridades y culpó siempre a España por su conducta fiera y deshumanizada.


El propósito de este ensayo es asentar los hechos, esgrimir verdades que expliquen y aclaren la enorme y profunda aportación hispánica a la historia de Norteamérica con el propósito de que se reconozcan y aviven las conciencias de las generaciones presentes y futuras. Escasa es la gente que en este país las reconocen por lo que los norteamericanos en general menoscaban a los hispanos, los pisotean, los tildan de carga pública y los consideran en su mayoría unos indeseables, a no ser que entre en juego la política o la economía y como ya son muchos y serán muchos más en los años venideros, van poco a poco cediendo y haciendo concesiones. Si nos referimos a ilegales, mucho más lo fueron los ingleses cuando se entrometieron en territorio español en lo que es hoy el estado de Virginia a principios del siglo XVI, o los rusos cuando hicieron otro tanto en lo que es hoy el estado de Washington en el siglo XVIII, y no digamos los franceses y holandeses en todo el hemisferio. Entonces no se respetaban fronteras, dominios territoriales ni leyes, cada cual obraba por su cuenta según su propio albedrío chupando de los demás, de los verdaderos héroes y pioneros. Al fin y al cabo, los mexicanos, que por necesidad imperiosa atraviesan hoy la frontera al norte del río Bravo, no hacen sino poner pie en la tierra que les pertenecía antes y después de la conquista española—alrededor de dos mil años—, retornar a su casa que por avaricia, ambición desmedida, corrupción política y desidia les fue arrebatada. Fueron todos ellos víctimas de la expansión estadounidense, del llamado “Manifest Destiny” que buscaba adueñarse de todo el continente. Y así los fueron desalojando y una vez fuera cerraron todas sus portones con cien candados. Y, no bastándoles lo que ya habían logrado, trataron de adueñarse también del Caribe y posteriormente de México estando a punto de metérselo en un bolsillo. Y de ahí un gran salto a la otra América, a todo el hemisferio hasta la Patagonia. Y para quitarse de encima estorbos que pudieran tronchar sus planes proclamaron la doctrina Monroe en connivencia con Inglaterra para erradicar de una vez toda huella de la que fue madre de todos esos pueblos, de la desdichada España ya caduca y vencida, dándole después el golpe de muerte al arrebatarle las pocas posesiones que le quedaban en Ultramar, entre ellas Puerto Rico y Filipinas, con el pretexto infundado de la explosión del buque Maine en el puerto de la Habana. La que fuera la España imperial, la dueña de medio mundo, se desvanecía en cenizas ante el ímpetu arrasador de la ya potente Norteamérica.

Adelante con nuestro ensayo.


Empecemos por decir que la cultura hispánica de aquellos tiempos, principalmente durante los siglos XVI y XVII, era infinitamente superior a la de toda Europa con ciudades como México y Lima que sobrepasaban a todas las demás en su hermosura y majestuosidad. La Europa de aquellos tiempos se hallaba en la ruina, al borde del precipicio, sumida en profunda miseria. De súbito apareció Colón y con el apoyo de España fue capaz de descubrir un nuevo mundo sacudiendo a Europa de su marasmo y despertando en ella nuevos anhelos y esperanzas. Piénsese qué hubiera sido de aquella Europa sin Colón y sin América y sin los otros descubrimientos que le siguieron alrededor del mundo. Pues bien, España, ella sola, se lanzó a la gran aventura abriendo caminos y marcando rutas de las que se aprovecharon las demás naciones. Pero estallaron los celos, la envidia, la avaricia, la rivalidad de toda Europa contra España viéndose pronto traicionada y luchando por su supervivencia. Se dan como excusa la fe y la religión, una católica y la otra protestante, pero realmente la rivalidad fue política y principalmente económica. ¿Quién iba a apoderarse de ese nuevo mundo, dominarlo y sacarle la mayor ventaja y provecho? Y así, Inglaterra, Holanda y Francia se lanzaron tras España pero no dando el pecho como lo hiciera ella sino valiéndose de argucias y artimañas y deslizándose entre las sombras. Fue tanto lo que dio España, tanto su esfuerzo, que el cabo de trescientos años le flaquearon las fuerzas y quedó rendida mientras que las otras naciones establecieron sus propios imperios y al final la sobrepasaron.



Tercera Parte.


En cuanto a Norteamérica no fue solo España la que la descubrió sino la que la reveló al mundo una vez que la había explorado y poblado casi de un océano a otro, transformándola en sus cimientos a la civilización occidental en lo que le llevó casi dos siglos, del XVI al XVII y principalmente durante el primero. Pero ahí no se detuvo España y continuó  esforzándose otro siglo hasta la primera mitad del XVIII. En total, la presencia hispánica en Norteamérica abarcó más de 300 años, bastantes más que las de Inglaterra y Francia, de 1513 hasta 1819 cuando cedió España a Estados Unidos la Florida. Gran falacia es afirmar que la civilización occidental penetró en Norteamérica vía el noreste cuando en realidad lo fue vía el suroeste a través de México. Igual falacia es afirmar que España se limitó a explorar y poblar los territorios comprendidos en el oeste y suroeste, cuando en realidad abarcaron casi todo el continente, incluyendo en el noreste hasta lo que es hoy Nueva Jersey, en el medio-oeste lo que hoy es hoy Illinois, y en el noroeste lo que es hoy el estado de Washington. Es más, si se tuviera a la vista un mapa de Norteamérica del año 1763, 13 años antes de declararse el país independiente del yugo británico, se vería que todos los territorios del río Mississippi hacia el oeste, más toda la Florida, estaban bajo el dominio hispánico, o sea, casi las dos terceras partes del continente. Al descubrirse la Florida, se le nominó “país” hasta lo que es hoy la frontera canadiense, y así Luisiana desde el golfo de México hasta el Canadá. Así tenemos que, el Mundo Hispánico descubrió, exploró y pobló en total 27 de los actuales estados de Estados Unidos con cientos de ciudades y pueblos fundados y bautizados con nombres netamente españoles muchos de los cuales aún se conservan hoy o existen con una grafía anglicanizada. Hasta existe un pueblo perdido en el estado de Ohio llamado “El Toboso” en honor a la heroína del desdichado Don Quijote ocurrencia, seguramente, del algún apasionado lector de la magna novela cervantina.


Como decíamos anteriormente, América fue la salvación de Europa y su oro y plata la que la sacó de la total ruina. Es más, constituyeron la base del capitalismo moderno y contribuyeron señaladamente a crear todos sus imperios. De regreso a Inglaterra la nave del infame pirata Drake iba tan sobrecargada de plata—calculado hoy en más de 1,200,000 de libras esterlinas—que hizo la travesía tambaleándose de lado a lado no naufragando de milagro. Pero bueno, ya se sabe, la canalla fue España, la que robó a mansalva todo el oro y plata americanos doblegando al indio y al negro hasta consumir sus vidas. De hecho así fue, pues tal ha sido siempre la avaricia del hombre, pero la que más se aprovechó de ellos fue Europa y no España. España fue la que más dio y la que menos recibió, mientras que Europa, principalmente Inglaterra, fue la que menos dio y la que más recibió. Y con ese oro y plata se salvaron otras naciones no europeas como la India y la China que no aceptaban pagos de sus productos exportados a menos que se hicieran en oro o plata americanos considerado entonces como el único “legal tender” o moneda de ley en casi todo el mundo sin excluir a la propia Norteamérica, a las Trece Colonias, sistema de pago que adoptaron y que se mantuvo en vigor por más de ciento cincuenta años. En otras palabras, que sin esas monedas no había economía, ni compra ni venta de ningún producto o servicio. Y así, consciente el tirano George III de su desventaja, mandó acuñar las monedas con su propia efigie para así enmascarar su procedencia. Gran acto de bandidaje del soberano inglés, típico de su estirpe.


Valió ese oro y plata además para sustentar y edificar las Trece Colonias. Llegada la Guerra de Independencia de Estados Unidos, George Washington logró sobrevivir en gran parte gracias a los préstamos que le facilitó España que llegaron a sumar muchos millones de pesos duros, sin contar infinidad de pertrechos de guerra, uniformes, mantas y otros abastecimientos. Y para que se sepa y quede bien sentado, se ganó la famosa batalla de Yorktown, decisiva en la contienda contra Inglaterra, gracias a una colecta que a tal efecto se llevó a cabo en toda Cuba y que le fue entregada personalmente al general Washington. Son famosas las cartas que le dirigió de su puño y letra al monarca español Carlos III en las que le agradece sentidamente tan noble ayuda. Valga decir que esos préstamos—que tal eran y no regalías—nunca le fueron pagados a España ni ella se preocupó por reclamarlos. Por otro lado Francia, que se había comprometido conjuntamente con España a brindar ayuda, a última hora dio paso atrás y no cumplió con su palabra. Como es de suponer, este es un hecho histórico que como muchos otros se ha pasado por alto. De igual forma se ha pasado por alto la aportación de muchos héroes hispánicos a la Guerra de Independencia, entre ellos al general Bernardo de Gálvez que logró mantener a raya a los ingleses mermando sus fuerzas y avances. Igual podría decirse de la Guerra Civil de Estados Unidos en la que España y otros países hispánicos, como México y Puerto Rico, aportaron grandes ejércitos e infinidad de pertrechos de guerra y abastecimientos. Esto también se lo tragó la historia, como la aportación del almirante David Farragut de ascendencia española, tenido por entonces en gran estima. Baste decir que a su muerte, rumbo el cadáver al cementerio de Woodland en el Bronx, Nueva York, desfiló un séquito que incluía entre otros altos dignatarios al alcalde de Nueva York y al propio presidente de la nación Ulysses Grant que la encabezaba. En otras palabras, que desde 1861 en que estalló dicha guerra prolongándose hasta 1865, seguían España y otros países hispánicos involucrados directamente en la política estadounidense apoyando causas que realmente no les incumbían, sumando ya en total más de 352 años. Al final no valió de nada, tiempo y esfuerzo perdidos llevándose la honra otros sin merecérsela.



Cuarta Parte.


Sin la actuación fundamentalísima de España Norteamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es hoy, siendo muy probable que se hubiera quedado estancada en las Trece Colonias que no pintaban nada en la esfera mundial. España, con el mundo hispánico a remolque, ensanchó fronteras y de la noche a la mañana como quien dice esos estados se convirtieron en gran potencia mediante la adquisición de inmensos territorios a cambio de irrisorias sumas de dinero. Con una gasto que no sobrepasó los cuarenta y cinco millones de dólares—lo que costaría hoy una casita en el corazón de Manhattan o el sueldo devengado por  un jugador de fútbol de mediana fama—se hinchó Norteamérica como un globo albergando bajo sus alas la totalidad de la Luisiana, casi todo el suroeste del continente, Alaska y poco después toda la Florida. Dividámoslo por partes:

Luisiana $15 millones, con una extensión territorial de 2.140.000 k.c.

México otros $15 por tierras que incluían toda California y la mayor parte de Texas, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, Wyoming y Colorado, con una extensión territorial de 1.400.000 k.c.;

Alaska $7.2, con una extensión territorial de 1.518.800 k.c.

Florida $5 millones, con una extensión territorial de 170.304 k.c.

O sea, 5.210.304 k.c., o más de la mitad de la totalidad del territorio norteamericano (excluyendo a Hawaii) de 9.830.000 k.c., y todo ello como se dijo por menos de $45 millones de dólares, realmente inconcebible. Piénsese que toda la extensión territorial de la Europa Occidental es de 612.870 k.c.

Pero no se trataban de meras tierras primitivas e indómitas sino ya pobladas y civilizadas y con riquezas naturales asombrosas incluyendo oro, petróleo, gas natural y carbón. O sea, que México y los demás países perdieron por partida doble. Durante la furia del oro en California a mediados del siglo XIX se extrajeron más de 125.000 toneladas del precioso metal, del petróleo solo en Texas la producción fue de 41,1 millones de barriles en 2012, del gas natural principalmente en Alaska se calculan depósitos de más de 303 trillones de pies cúbicos, y del carbón la producción anual se calcula solo en Wyoming en 4 millones de toneladas. Los yacimientos de petróleo en esos territorios sobrepasan en mucho a los del mundo entero incluyendo a todos los países del golfo pérsico.

Durante dos siglos, a lo largo y ancho del continente comenzando en 1513, se fundaron pueblos y ciudades, escuelas, hospitales, asilos para niños y mujeres abandonados y conventos. Se fomentó el comercio y la industria como la ganadería, agricultura e imprenta. Se construyeron caminos y carreteras, puentes, iglesias y catedrales. Y si nos damos un salto al otro lado de la frontera, a México, allí se fundó la primera universidad de América en 1551, 85 años antes que la afamada Harvard en 1636. Se instituyeron gobiernos, tribunales y leyes, y se publicaron infinidad de obras de temas varios. Se organizaron y llevaron a cabo con el mayor de los éxitos expediciones científicas a América incluyendo Norteamérica auspiciadas por España para estudiar su flora y fauna, sobresaliendo entre ellas la del sabio alemán Humboldt al servicio de España, la del español José Celestino Mutis de 1760, y la del otro español Francisco Javier Balmis de 1804 que introdujo la vacuna contra la viruela en ambos continentes. Ninguna otra nación europea hizo algo remotamente similar en aquel tiempo. Dígase qué han hecho Inglaterra en las Bermudas, Francia en Haití, y Holanda en la Guayanas al cabo de tantos siglos, y en qué forma se pueden comparar con cualquier país hispánico. Lugares de recreo y placer, de esparcimiento turístico, con hermosas playas y lujosos hoteles pero distando mucho de ser realmente pueblos como los creados por Grecia y Roma o por España en América. Es más, todos ellos en un principio fueron meros focos de piratas, refugios de mercenarios y bandidos amparados por los grandes rivales de España. Verdad dura, pero más que cierta. Hoy Haití se revuelve en la miseria para bochorno de Francia a la que nunca le interesó encauzarla. Lo menos que podía haber hecho era fomentar la educación de sus ciudadanos y enseñarles a hablar buen francés.


Conclusión.


La verdad queda dicha y que cada cual la interprete a su manera y gusto. Al que la ponga en duda se le recomienda consultar la obra arriba mencionada, las notas de citas y la bibliografía. Nuestra misión no ha sido otra que desenterrar esa verdad y exponerla para conocimiento de lo que esperamos sea un grupo nutrido de lectores, para beneficio de ellos y de generaciones futuras. No hemos abrigado otro propósito a pesar de sentirnos afligidos y humillados por tanta malicia e injuria por parte del llamado mundo civilizado y en especial del anglosajón. Si en algo logramos que la nave cambie de rumbo y al final llegue a feliz puerto nos daremos por más que satisfechos.

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Copyright octubre 2013.

Comentarios:

Carlos B. Vega * 201.868.6750. * Spain37@att.net

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Texto para acompañar al anuncio de la obra.

Según se ha afirmado la publicación de esta obra debe considerarse como un hito en el ámbito histórico Hispano-Americano, por cuanto plantea y desarrolla un tema desechado o empañado por la llamada historia convencional desde hace cinco siglos. Se ensalzó al mundo anglosajón y se desdeñó al hispánico ocultando verdades o torciéndolas para beneficiarse unos y arruinar a los otros ahogando gritos de protesta en continuas generaciones.

Pero han cambiado los tiempos, se convulsiona el pueblo dormido y se busca dignificar a una raza atropellada. Haciendo eco de ello se ha publicado este libro con la viva esperanza de que se entienda, agrade, y valore merecidamente.

El libro contiene cientos de hechos fehacientes escritos en un lenguaje claro y directo, respaldados por un concienzudo estudio y la documentación de grandes eruditos de distintas nacionalidades a los que se cita con rigurosa exactitud a menudo. Por su amplitud, abundancia de datos, y sinceridad, debe considerarse como única en su clase, como obra clave para el estudio y mejor comprensión de la historia de Estados Unidos, y aún más para despertar en todo hispano gran satisfacción y orgullo por haber contribuido tan señeramente a crear una de las más grandes naciones del mundo.

De venta en todas las librerías del país y en el internet.

 

Datos sobre el libro:

ISBN 978-1-59641-284-2

Fecha de publicación: octubre, 2013 

Páginas: 405

Formato: 6”x9”

Encuadernación: tapa blanda.


Acerca del autor.


El Dr. Carlos B. Vega completó sus estudios graduados en la Universidad de Indiana en Bloomington y la Universidad de Madrid. Ha sido catedrático de lengua española, cultura e historia hispánicas por más de cuarenta años, y publicado hasta la fecha sobre 51 libros entre ellos varios de gran éxito editorial. Recientemente fue incluido entre los hispanistas más destacados del mundo por el Ministerio de Educación y Cultura de España, y ganador del primer premio por tres de sus obras del prestigioso International Latino Book Awards. Para una relación de sus obras más recientes, véase en el internet Google y Google Images bajo su nombre completo: Carlos B. Vega.

 

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